21 de febrero de 2014

Welcome to the jungle



Live in New York city once, but leave before it makes you hard.
Live in Northern California once, but leave before it makes you soft.


Un día escuché estas dos frases en medio de un discurso muy inspirador y me llamaron la atención. Debes vivir al menos una vez en una gran ciudad pero tienes que irte antes de que la ciudad te convierta en una persona dura o fría. Asimismo, debes vivir algún tiempo en un lugar tranquilo o en el campo, pero más te vale marcharte antes de convertirte en una persona demasiado blanda. Suena lógico. Todavía más lógico si acabas de cambiar casitas por rascacielos porque te das cuenta de cómo el entorno cambia nuestra forma de ser. Así que entiendo esta reflexión pero, lo siento, no la comparto. Me niego a creer que este nuevo lugar me hará olvidar mis principios.


Soy una chica de pueblo, de esas que conocen a la panadera, al carnicero y a su familia; de las que bajan al tercer piso a pedir un poco de azúcar cuando se acaba; de las que se paran a escuchar cuando un par de señoras comentan algo que ha pasado en la plaza; de las que se dan la vuelta en la fila del súper para charlar con el cliente de atrás o de las que llegan a la estación de autobuses tras un viaje de ocho horas y se quedan a tomar café con un conocido que estaba en el bar. Mi primera semana en la gran urbe, pues, estaba indignada al ver que todo el mundo iba a su bola. Los únicos desconocidos que establecían contacto conmigo lo hacían porque intentaban venderme algo. Fue un cambio drástico; pasé de caminar por pequeñas calles saludando a quienes me cruzaba a moverme a empujones en un mar de gente infinito, esquivando pisotones y celebrando interiormente cada "perdón" que se dignaban a decirme. En este mar de gente me di cuenta de que yo no quería ser un autómata más, caminando aprisa cada mañana para no llegar tarde al trabajo, sin reparar en nadie ni nada de lo que tenía alrededor.


Vivo al lado de una estación, esto hace que me cruce cada día con decenas de viajeros. Me he pasado los primeros tres meses de mi estancia aquí ofreciendo mi ayuda para subir y bajar maletas en las escaleras. A veces la gente se muestra muy agradecida, otras veces desconfiada o incluso extrañada. El caso es que las veces que lo he hecho ha sido un acto natural que apenas me ha costado esfuerzo, pues yo iba en la misma dirección. ¿Por qué dejar que una persona se parta el lomo cargando con tanto peso si podemos hacerlo entre dos?
El día que volvía a España para pasar las navidades ni una sola persona, en el camino de mi casa al aeropuerto, se paró a echarme una mano con mi maleta de 20 kilos. No me asombró; en cierto modo ya me lo esperaba, y me dio por reír. Uno puede pensar que después de una experiencia así lo normal es cambiar. Yo no he dejado de ayudar a subir maletas desde entonces, al contrario, lo hago más a menudo. ¿Por qué? Pues porque prefiero dar ejemplo que adoptar la indiferencia de los demás, llamadme rebelde...


Recuerdo una de las primeras conversaciones que tuve cuando llegué. Yo le hablaba a una chica de lo genial de vivir en un sitio tan grande, con tanta gente y con una vida social tan animada. Ella me respondió, con cierta amargura, que efectivamente había muchísima gente en la ciudad, pero todo el mundo estaba aislado. Fue una de esas respuestas que te dejan un poco frío y al principio creí que exageraba. Al cabo de los días me vi obligada a darle la razón. Te encuentras con situaciones que te superan. Hace poco estaba dentro de un vagón de metro y vi a una señora ciega que, desde fuera, pedía ayuda para encontrar el camino. Las puertas estaban a punto de cerrarse y nadie se movió. Bajé al andén pero no hizo falta porque alguien llegó hasta ella antes que yo, así que di media vuelta. Volví a meterme en el vagón justo a tiempo. Cuando entré sentí un gran desprecio por todos los viajeros que no se habían inmutado, desprecio que se tornó en pena y decepción. ¿En qué momento prefieres ser un capullo auténtico antes que llegar cinco minutos tarde a la oficina? Cuando se lo cuento a la gente me dicen: "Aquí es así, es lo que hay". Lo peor es eso, cuando todo esto deja de asombrarnos y simplemente nos conformamos. Es la simpatía y el altruismo, sin embargo, lo que resulta poco común. Que alguien me explique por qué cuantas más personas nos rodean, menos humanos somos. ¿Dónde se ha quedado la empatía? 


Y como última anécdota contaré que un día cometí el error de pasarme al lado oscuro pero, al menos, aprendí la lección. Digamos que ante la posibilidad de asistir a una fiesta interesante me volví estúpida. La persona que estaba conmigo no tuvo un comportamiento demasiado correcto con otras personas que estaban en la fila y en vez de reprochárselo me callé y gracias a ello entré donde quería. Mis remordimientos se fueron con la segunda copa pero al final de la noche volví a encontrarme a estas personas en el metro de vuelta a casa. Así es el karma... Qué embarazoso, estaba yo sola y tenía que disculparme por lo que había hecho mi amigo que, al final, resultó ser alguien completamente egoísta y engreído. Afortunadamente eran gente simpática y no tuvieron ninguna mala palabra conmigo. Además, se lo habían pasado mil veces mejor que nosotros y sin haber molestado a nadie. Y es que, a pesar de todo lo que he dicho, me encuentro con gente verdaderamente encantadora a veces. Sí es cierto que la mayoría son foráneos, para qué mentir, pero me entristecería pensar que ya no quedan personas amigables y solidarias en esta ciudad.


Sigo presenciando situaciones que me indignan a diario y aún así, no me gusta menos vivir aquí. En cierto modo es necesario para ver más de cerca la realidad y darse cuenta de lo hipócrita que es esta sociedad. Todos somos amigos de nuestros amigos, cuidamos de nuestra familia, compartimos vídeos emotivos en las redes sociales para fomentar el compañerismo, colaboramos con causas benéficas, formamos parte de clubs deportivos, asociaciones, grupos... Pero a la hora de la verdad nos cuesta alargar la mano para ofrecer un pañuelo al desconocido que estornuda enfrente de nosotros o ceder la última barra de pan que queda en la estantería del supermercado. 


¿Creéis que la causa está perdida? No dejemos que la ciudad cambie nuestras vidas, intentemos cambiar, en la medida de lo posible, la vida en la ciudad.

9 comentarios:

  1. Entiendo y comparto tu indignación, mi realidad es la misma, sólo cambia el idioma.
    Por suerte Guilherme es un tío equilibrado, lleno de frases esperanzadoras, suele repetirme una que me gusta especialmente:

    "Toda la oscuridad del mundo no consigue apagar la luz de una vela" (espero que a ti también te ayude)

    Un abrazo, o dos.

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    1. Me encanta esa frase, os la voy a robar.
      Gros bisous, parejita!

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  3. Comprendo cada palabras que dices Andre ;) Ante situaciones similares y otras a las que me he visto enfrentada siempre pienso: No importa, porque la forma que tienen los demás de comportarse es parte de su Karma, sin embargo, la manera que tienes tú de responder forma parte del tuyo.

    Sé que entiendes lo que quiero decir!
    p.d: Cómo siempre genial! ;)

    p.d: el desconocido soy yo, Andrea Places. No sé porque no me deja comentar desde mi cuenta google :S ¬¬

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    1. Me alegro de que te guste, pequecha. Gracias!

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  4. Me siento identificada, y es raro ya que yo nací en una ciudad para después mudarme en un pueblo y ahora estar en una de las ciudades más importantes de Europa.
    La peor experiencia que tuve, y Dios sabe que no hay un día que pase sin que piensa en ella, fue hace un año.
    Un chico se suicido en el metro... o sea se tiro al llegar el tren. En la estación en la que esperaba mi metro avisaban que había retraso y las razones. Escuché a alguien decir : " No lo podía hacer en otro momento que no fuera la hora punta..."

    Al comentárselo a mi jefe me dijo: Sandrine, llegará el día que dirás lo mismo o al menos lo pensarás.

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    1. Increíble... Cuánta frivolidad.
      Debemos preguntarnos cada día si queremos formar parte de la gran mayoría o salir del molde...

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  5. Un post fantástico. La verdad me cuesta mucho engancharme a textos tan extensos, pero este lo he leído del tirón.

    No tengo precisamente poco que decir, asi que probablemente cuando cree un blog de este tipo (que algún día comenzaré a trabajar en ello) lo contestaré. De todas formas, aunque no con este tipo de narrativa en mi blog hablo de estas emociones de una forma diferente pero que viene a expresar lo mismo. (écha un ojo a PROYECTO , post de Noviembre 2012) y tengo que decir que la frustración se vuelve implacable. Pero , tampoco nos turba demasiado no? porque somos incapaces de cambiar ciertos valores que nos hacen únicas. Esto le pasa a mucha más gente, pero sinceramente yo me alejo de todo ese tumulto de personas impresas en estadísticas, productos vivos, almas muertas y consumismo dichoso.
    En fin, que no puedo dejar de preguntarme quien fue esa chica que te "respondió, con cierta amargura, que efectivamente había muchísima gente en la ciudad, pero todo el mundo estaba aislado." ...aislado? quizás no fuese esa la palabra, más bien "ensimismado"

    Enhorabuena por tu sinceridad. Reconocer nuestra propia hipocresía en ocasiones, es siempre digno de reverenciar. Todos somos hipócritas e injustos... Sobre la injusticia hablo mucho. Es algo que moralmente me puede, la impotencia es algo con lo que hay que aprender a vivir.

    En fin, Olé.

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    1. Es triste, pero es cierto: a lo largo del día llegamos a sentirnos impotentes y frustrados presenciando escenas de egoísmo y falta de humanidad y hay que aprender a vivir con ello. Es necesario no cejar en el empeño por cambiar lo que nos rodea, porque el pesimismo es el sofá del débil.
      Gracias por todo, Mónica!!

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